Hipertrofia Espiritual

Entre más aprendo de mi cuerpo, más aprendo de mi espíritu. De alguna manera curiosa, la forma en la que nuestro cuerpo funciona, habla mucho de como Dios actúa en nuestra vida para ayudarnos a crecer.

La teoría más básica para el aumento de masa muscular dice que necesitamos romper la fibra muscular para que el cuerpo repare o sustituya estas fibras dañadas. Produciendo así un aumento en su grosor y número para crear la hipertrofia (crecimiento). Pero esta adaptación no sucede cuando levantamos pesas, si no mientras descansamos.

Existen dos tipos de hipertrofia.

  •  Hipertrofia Aguda: es la hinchazón del músculo después del entrenamiento y es pasajera y dura poco.
  • Hipertrofia Crónica: se divide en dos tipos más. La sarcoplásmatica (no-funcional), donde el músculo aumenta el tamaño del músculo y aunque el efecto es duradero, no aumenta el nivel de fuerza. Y luego la sarcomérica o miofibrilar (funcional), donde aumentan tanto el tamaño del músculo, así como de la fuerza.

Entonces, me puse a pensar, ¿cuántos de nosotros vivimos nuestra vida espiritual en “hipertrofia aguda”? Vamos a la iglesia, leemos la Biblia durante nuestro estudio semanal, oramos por los alimentos, etc. Pensando que esta lista de quehaceres cotidianos son los que fortalecen nuestro espíritu a largo plazo. Por otro lado, ¿cuántos de nosotros vivimos en “hipertrofia sarcoplásmatica”?, donde la relación con Dios se ha tornado una vida llena de pura apariencia externa. Estamos tan enfocados en hacer lo correcto, decir lo correcto, “portarnos bien”, que logramos aparentar crecimiento externo, aún si por dentro estamos vacíos.

Por lo contrario, ¿cómo sería nuestra vida espiritual si buscáramos una “hipertrofia sarcomérica”? ¿Qué pasaría si buscáramos crecer de adentro hacia afuera, no solo en apariencia, pero en fortaleza?. Dios nos invita a crecer de manera ordenada, porque Él quiere que tengamos resultados no solo buenos, sino también duraderos. Pero ¿cómo podemos logramos un “crecimiento optimo espiritual”?

Romanos 5:1-5 nos invita a tener paz y gozo en medio de nuestros sufrimientos, porque el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Luego, en Santiago 1:3-5 dice que la prueba de nuestra fe produce constancia. Y la constancia debe llevar a feliz término la obra, para que seamos perfectos e íntegros, sin que nos falte nada. Y por último, en 1 Pedro 1:7, Dios compara nuestra fe con el oro y dice que así como el oro es acrisolado en el fuego, también nuestra fe, es acrisolada por las pruebas.

Ahora, quiero dejar claro que ir a la iglesia, leer la Biblia y orar son ingredientes claves que nutren nuestro crecimiento, casi como la buena alimentación y el ejercicio, funcionan mejor juntos. Pero parece que además hay una conexión importante entre las pruebas y nuestro crecimiento espiritual.

Al igual que los músculos, nosotros también debemos pasar por procesos que parecen rompernos, para luego ser restaurados con mayor fortaleza. Las pruebas en su momento, no se sienten nada cómodas, así como las rutinas de ejercicios. Muchas veces podemos incluso sentir que la prueba que estamos pasando, es mucho más grande de lo que podemos enfrentar. Pero es Dios mismo quien nos da lo que necesitamos para salir adelante.

Es después del entrenamiento, luego de la prueba, cuando nos ponemos delante de la presencia de Dios y descansamos en Él, que
el verdadero crecimiento ocurre. Es en intimidad con nuestro Dios, que las pruebas y retos se convierten en lecciones de vida. Porque Dios usa todos para nuestro bien, aún los días más oscuros y los dolores más grandes. Dios usa cada cosa que sucede en nuestra vida para que su obra en nosotros sea llevada a feliz término.

Darlo todo para llegar a la meta no es fácil pero vale la pena, aun en esa última repetición en que pensamos que la pesa se nos va a caer encima, o en ese último kilómetro en que sentimos que no podemos dar un paso más. Así mismo, en medio de las pruebas, Dios nos motiva a dar nuestro mayor esfuerzo, no por nuestras propias fuerzas, si no por su gracia.  Porque incluso en esos días en que sentimos que no podemos resistir un minuto más, la gracia de Dios es más que suficiente. Es ahí, justo cuando nos atrevemos a caminar por fe, cuando damos todo lo que tenemos,  y confiamos en que Dios hará el resto, donde el “crecimiento optimo” ocurre.

Previamente publicado en el Blog Obras en Proceso


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