¿Realmente Querés Estar Sano?

Hace unos días, justo cuando mi mamá se encontraba de viaje, se dañó la refrigeradora de mi casa y botaba mucha agua. Cada mañana me levantaba y la cocina estaba completamente inundada. Tomaba unos paños, una cubeta y me disponía a secar el piso. Así pasé unos tres días. Simplemente secando el agua y de alguna manera esperando que se arreglara sola.

Después de todo, mandarla a arreglar probablemente iba a ser muy caro y yo no tenía dinero. Además, tampoco sabía a quién llamar. Una vez que regresara mi mamá, ella  se ocuparía del problema.

Sí, lo sé, esa no era la mejor solución. Pero ese fue mi razonamiento.

Al día siguiente, mi mamá llegó y se dio cuenta del problema. Revisó un poco y vio que la manguera estaba dañada. Inmediatamente llamó a alguien que podía arreglarla y por menos de la tercera parte del precio regular (mi mamá es extraordinaria en conseguir el mejor servicio por los precios más bajos).

Sin embargo, el muchacho solo podía ir a la casa hasta semana siguiente. Es decir,  tendría que secar el piso por unos cuantos  días más.

En un intento por mejorar la situación, mi mamá trató de cerrar la llave del agua y más bien empezó a tirar más agua, así que ahora me tocaba secar unas tres veces diarias.

Bastante cansada de todo esto pensé, ¿será que mi mamá abrió más la llave del agua en lugar de cerrarla? Entonces cerré el paso de agua y se dejó de inundar la cocina. Una vez que se finalizaron las reparaciones restante, todo volvió a la normalidad.

¿Por qué les cuento tanto detalles de algo tan cotidiano? Porque Dios me mostró algo muy importante a partir de esta situación.

¿De verdad pensaste que la refri se iba a arreglar sola? ¿Será que en otras ocasiones has sacado la misma conclusión con cosas que están pasando en tu vida? ¿Qué tal cuando lo que se “descompuso” fue tu corazón o un área de tu vida? ¿Realmente querés estar sana o te has acostumbrado a estar enferma?

Hay una historia en la Biblia que siempre me habla de este tema y está en Juan 5:1-15.

Resulta que había un estanque y cualquier persona que entrada a el, justo cuando el ángel de Dios movía las aguas, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviera. Al lado de este estanque había un hombre que no podía caminar y tenía 38 años de intentar ser sanado. Pero fallaba año tras año.

Lo que me llamó muchísimo la atención fue la pregunta que Jesús le hizo este hombre.
-¿Quieres quedar sano?-

Pregunta a la cual yo hubiera pensado que la respuesta lógica sería, -Claro que quiero estar sano.-

Sin embargo, el hombre, a pesar de sus 38 años de dolorosa espera, contestó:
 -no tengo a nadie que me meta en el estanque mientras se agita el agua, y cuando trato de hacerlo, otro se mete antes.-

En otras palabras,

1) No tengo a nadie que me ayude.
2) Mis propias fuerzas tampoco son suficientes.
3) Y además tengo 38 años de intentar y fracasar. ¿Qué será diferente esta vez?

Quizás esto nos parece algo ilógico, porque nosotros sabemos que él está hablando con Jesús, y que tiene todo el poder para sanarlo. Pero él no sabía con quién hablaba.

A pesar de las excusas de este hombre, Jesús miro más allá de sus miedos y frustraciones, y de inmediato decidió suplir su necesidad.

Juan 5:8-9
—Levántate, recoge tu camilla y anda —le contestó Jesús. Al instante aquel hombre quedó sano, así que tomó su camilla y echó a andar.

Pensemos solo un momento. ¿Qué pudo haber pasado por la cabeza de este hombre mientras Jesús pronunciaba estas palabras?

 -Claro que quiero estar sano, pero tengo 38 años de intentar y no he logrado nada-
-¿Cómo querés que me levante, no ves que no puedo caminar?-
-Además ya estoy un poco acostumbrado a estar aquí tirado. Por lo menos no entrar al pozo es una decepción conocida y sé como afrontarla. Pero ¿qué tal si me trato de levantar y no puedo?. Entonces habré albergado falsas esperanzas para nada. Y eso me va a doler mucho más-.
-Ya tengo 38 años de no caminar. Mis músculos están atrofiados. Intentar siquiera levantarme va a significar mucho dolor-. 

Pero a pesar de los malos pronósticos, él se levantó y caminó.

Esto que me hizo pensar; ¿cuántas veces Jesús nos ha preguntado si queremos sanar alguna herida en nuestra vida?, pero en lugar de poner nuestra mirada en Él, la hemos puesto en nuestras circunstancias. Sacando de inmediato la conclusión de que no hay nada que hacer.

Peor aún, ¿cuántas veces hemos renunciado a la posibilidad de sanar?, únicamente porque sabemos que el proceso de recuperación implicaría dolor, esfuerzo y cambio.

El problema es que muchas veces le pedimos cosas a Dios, pero no estamos dispuestos a hacer nuestra parte.

Entonces, cuando Dios nos pregunta si queremos estar sanos; que en teoría es lo que más deseamos, la realidad muestra otra cosa. Nos llenamos de excusas y nos sentimos derrotados antes de empezar. Confiamos más en nuestras circunstancias, que en el poder de Dios.

Si bien es cierto que para Dios no hay nada imposible, “Dios hace la parte imposible y espera que nosotros hagamos la parte posible.” 

Dios restaura tu corazón, pero debés dejar la relación que te hace daño. Dios te ayuda a desarrollar disciplina y dominio propio, pero vos debés ir al gimnasio y comer mejor. Dios te ayuda emprender tus sueños, pero tenés que dar el primer paso.

Dios sanó a un hombre que no había caminado en 38 años. Pero él necesitó levantarse y confiar en que, con la ayuda de Jesús, lo iba a lograr.

“La diferencia entre ganar o perder las batallas, está en la mano de quién nos guía en el camino.”

Previamente publicado en el Blog Obras en Proceso


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