Encontrando a Dios en Medio de la Depresión

He pensado mucho si escribir sobre este tema. Pero entre más pasa el tiempo, más siento la necesidad de compartir un poco acerca de mi experiencia y aunque pocas veces escribo artículos así de largos, considero que este lo amerita.

¡Estoy atravesando una depresión!

Que difícil decirlo en voz alta. Sobre todo cuanto mi vida está llena de bendiciones. Claro que he pasado por cosas difíciles en los últimos meses, pero también tengo mucho que celebrar. Esto hace que la batalla no sea solo contra la depresión, sino con la sensación de ser malagradecida delante de Dios.

“La depresión se puede describir como el hecho de sentirse triste, melancólico, infeliz, abatido o derrumbado. La mayoría de nosotros se siente de esta manera de vez en cuando durante períodos cortos.

Sin embargo, hay personas que experimentan este trastorno del estado anímico durante un períodos más largos. Esto afecta el estado de ánimo, el sueño, los niveles de energía, el apetito, la concentración, y genera perdida de interés en cosas que antes le hacían feliz. Puede venir acompañado de sentimientos de inutilidad, desesperanza y abandono, odio a sí mismo y culpa. Inclusive pensamientos repetitivos de muerte o suicidio. (1)”

La depresión no es una simple tristeza pasajera que se llora y se supera. Y aunque suele dispararse por un evento doloroso, no siempre se arraiga en una circunstancia externa.

Es como una nube negra que pesa sobre nuestra mente y corazón, que tiene el poder de opacar hasta las cosas más lindas. La depresión te desconecta de la realidad y te consume en una oscuridad de la que no sabes cómo salir.

Está con vos en el trabajo, en la reunión con tus amigos y grita sin voz desde lo más profundo, aun si llevas una sonrisa puesta en el rostro. Sé que suena dramático, pero si has pasado por ahí, entenderás de lo que estoy hablando.

Creo que lo más difícil de mi depresión, fue realmente aceptar que estaba en ese lugar. Yo siempre he sido una persona alegra, energética y positiva. ¿Cómo era posible que estuviera en este lugar justo ahora que mi vida iba tan bien? No todo es perfecto, pero tengo mucho por qué estar agradecida.

Además, como cristiana, sentía la necesidad de estar bien en medio de las pruebas. Después de todo, eso dice la Biblia, tengan por sumo gozo cuando se encuentren en diversas pruebas (Santiago 1:2-3). Sin embargo, en este proceso descubrí que mi entendimiento del gozo y la alegría estaban muy equivocados. Entendí que estos no son simples emociones, si no, frutos del Espíritu Santo. Por lo tanto, no nacen de mi esfuerzo humano, ni se alimentan de las circunstancias, sino que provienen de estar en la presencia de Dios.

 

Hasta el día de hoy, existen tres momentos claves que han marcado una diferencia en medio de mi depresión.

1. Romper el silencio es el primer paso:

Tenía ya meses sintiéndome como adormecida. Encerrada en mis propios pensamientos. Rendida delante de la impotencia de cambiar como me sentía. Avergonzada de mi situación. Segura de que nadie entendería.

Un día, mientras tomaba café con un amigo, mi corazón empezó a gritar como nunca antes. Él hablaba y yo no podía escuchar. Algo sonaba demasiado fuerte dentro de mí, -te estás ahogando, necesitas romper el silencio-. Inmediatamente le escribí a algunas amigas cercanas, esas a las que les podía depositar una bomba así.

Oré para poder concertar la cita con la persona correcta. Al final, pude hablar con mi mejor amiga, Melissa, quien al oír mi voz supo que teníamos que vernos.

Cuando iba de camino a su casa, comencé a temblar, sudaba frío y me empecé a marear. Pero solo podía escuchar a Dios decirme -este es el viaje más valiente que vas a hacer, solo continua manejando-. Luego llegué a su casa, le conté lo que estaba viviendo y de alguna manera la carga se alivianó.

Cosas impresionantes suceden cuando rompemos el silencio. Ya no estaba en esto sola. Ya el enemigo no podía decirme que a nadie le importaría y que nadie iba a entender. Dios me había mostrado su amor a través de las palabras y las oraciones de Meli.

2. Entendí el valor de rendirse delante de Dios:

El segundo momento fue en medio de un rato de adoración en un retiro de mujeres de nuestra iglesia. Había ido por obediencia, porque Dios había puesto todo en su lugar para que pudiera asistir, aunque yo no tenía ganas.

El rato pasaba, escuchaba las charlas, compartía con la gente, cantaba las canciones y seguía completamente desconectada. De pronto, desde lo más profundo de mi corazón clamé “Señor, devuélveme el gozo de tu salvación“. En ese momento, algo se abrió en mi corazón y tan claro como la luz del día pude ver una imagen:

“Estaba cayendo de un precipicio y Dios me estaba dando todo tipo de cosas que yo le había pedido. Como si fueran regalos, caían sobre mí: el trabajo que tanto quería, mis sueños de ministerio, un esposo, hijos, y todas aquellas cosas con las cuales Dios podía mostrarme su amor. De repente, mi corazón gritó -no quiero estas cosas, nada de esto vale. Sólo te quiero a ti, sólo te quiero a ti, sólo te quiero a ti-. Y ahí se quedó mi corazón.”

 

Como si fuera la llave que abría un pasadizo secreto que revelaba todas las respuestas que necesitaba. ¡Finalmente entendí!. No importa lo que tengo o lo que no tengo. No importa cuántos sueños he visto cumplirse y cuántos he visto hacerse pedazos; mi gozo, mi alegría, mi bienestar, dependen sólo de Dios.

Sé que suena trillado, pero mi alma encontró descanso cuando entendí que nada en este mundo podía solucionar mi depresión, más que el amor de Dios. Después de todo, nuestro caminar por esta tierra es pasajero, mientras que la vida con Dios es eterna. Y entender esta verdad lo cambia todo. (Filipenses 1:12-30). Aún si recaigo, esta verdad me sostiene en los días más oscuros.

3. Aprendí la importancia de pedir ayuda:

Sucedió en medio de un campamento de nuestro grupo de jóvenes. Es impresionante como aunque no tenía ganas de estar con gente, tenía claro que necesitaba hacerlo.

Nuevamente, empecé el campamento un poco callada, retirada de la gente, pero dispuesta a escuchar a Dios. Las horas transcurrían y me sentía cómoda delante de Dios, pero no con la gente a mi alrededor. Casi podía escucharlos decir -¿cómo vas a estar tan triste?, ¡ya deja el drama!-.

Parte de la dinámica del campamento, incluía estudiar la Biblia en grupos pequeños. Al final del último estudio, nos alistamos para tener un rato de oración. Cada persona del grupo tenía que compartir una petición para orar los unos por los otros. Yo petrificada, sólo quería salir corriendo. No quería sentirme expuesta. ¿Qué iban a pensar?. Estaba decidida a tirar cualquier petición genérica para salir del paso.

De repente, otro chico en nuestro grupo, compartió que estaba pasando por una depresión. Mientras él hablaba, podía sentir como se aceleraba mi corazón. Entendía perfectamente lo que estaba diciendo. Y fue ahí cuando supe que yo también tenía que ser valiente.

Entonces, abrí mi corazón delante del grupo y algo impresionante sucedió. Cambiaron la dinámica de oración. Decidieron rodearnos con sus brazos y orar por nosotros dos. Qué manera tan tierna, dulce y tangible de sentir el amor de una comunidad de creyentes.

Al final del campamento, nos sentamos en círculo para compartir la ronda de testimonios. Ambos nos levantamos y compartimos nuestra experiencia delante del resto de las personas presentes. Hoy sigo recibiendo abrazos, mensajes y oraciones. Aquello que pensé me haría sentir rechazada y juzgada, me ha hecho sentir amada, aceptada y apoyada.

Eso significa amarnos los unos a los otros y ayudarnos a llevar las cargas. Estar ahí en las buenas y en las malas: celebrar, orar y llorar juntos; darnos palabras de aliento o simplemente escucharnos y a veces basta con dar un abrazo honesto y afectuoso.

Sé que falta camino por recorrer y cosas que aprender. Pero me siento sumamente agradecida con Dios y con mi familia en Cristo. Porque nunca había visto el amor de Dios reclamando por mi vida con tanta furia como en medio de este valle. Y nunca había visto el amor del cuerpo de Cristo sostenerme con tanta ternura como en medio de esta prueba.

Ahora, también entiendo que la depresión de cada persona es diferente. Incluso existen condiciones físicas que deben ser tratadas con medicamentos. Pero cuando compartimos nuestras experiencias quitamos el tabú sobre estos temas y abrimos las puertas para que otros rompan el silencio.

Así que, si estás pasando por una depresión, no te quedes callado y busca ayuda. Y si tenés un ser querido que está pasando por esto, no lo minimices, prestale atención y busca ayuda.

Si has tenido pensamientos suicidas, podes buscar ayuda en Fundación Rescatando Vidas, no tenés que atravesar esto solo. #RompéElSilencio
#RescatemosVidas

Por último, quiero recomendarles un artículo de Relevant Magazine llamado “6 maneras en que Jesús peleó con la depresión“, que me ayudo a entender por qué estas tres cosas marcaron una diferencia en mi proceso. Quizás también les ayude. Les dejo además otros artículos acerca de la depresión que les pueden ser de utilidad.

Que Dios los acompañe y que el gozo de Espíritu Santo llene sus corazones. Le pido a nuestro Padre que toda depresión sea quebrantada delante de su presencia, que nos de la fortaleza para no rendirnos en los días malos y que la desesperación no nos consuma en los días oscuros. Oro que la voz de Dios sea la que resuene con más fuerza en cada uno de nuestros corazones. ¡Amen!

Previamente publicado en el Blog Obras en Proceso


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