Mi Propia Letra Escarlata

Yo tengo mi propia “letra escarlata”. Una insignia que cargo con orgullo, pues sé bien el precio que he pagado para obtenerla.

Mi letra escarlata es una S de soltera, que a los ojos del mundo se ve mucho más grande, ¡SOLTERONA!. El aumento de tamaño se da porque tengo 34 años y llevo 7 años sin tener una pareja. Lo cual, al parecer, preocupa a mucha gente a mi alrededor.

Sin embargo, yo lo comparto con toda tranquilidad, porque he aprendido que el tiempo bien invertido no se pasa en vano y mis siete años de soltería han sido una vida entera de aprendizaje.

Tengo claro que cuando las personas lean esto, quizás muy pocas entenderán cómo o por qué llegué hasta acá. Algunas hasta se preguntarán si tengo algo malo. Sin embargo, hoy vivo con una libertad que está arraigada en mi temor de Dios y no de los hombres. Esto me permite tomar decisiones que para el mundo son locura, sin preocuparme por la opinión pública.

Entonces, acá va un poco de mi historia. Cruda, sin censura, porque el mundo necesita escuchar un poco más de la vida real y menos de la producción hollywoodense.

Yo llegué a Dios desecha, llena de heridas, de malas mañas, con la autoestima por el piso y sin la más remota idea de que significaba la palabra identidad.

Fue en medio de ese dolor, que decidí dejar a mi último novio. Terminé con él después de un campamento en el cual Dios habló a mi corazón diciendo: -dejalo ir, tengo algo mejor para vos-.

La verdad es que lo hice pensando que eso “mejor“, sería un nuevo novio, pero como pueden ver, no fue eso lo que pasó.

Sin embargo, eso “mejor” que Dios tenía para mí, era Su amor. Curiosamente, con el tiempo me di cuenta que eso era justo lo que había buscado toda mi vida.

«Con amor eterno te he amado
    y por eso te sigo mostrando mi fiel amor.
Te construiré de nuevo,
    serás reedificada;
Jeremías 31:2-4

Dios nos ama con un amor eterno, y anhela construir en nuestro interior una verdadera identidad.

Nuestra verdadera identidad no se encuentra de pie con la frente en alto, sino de rodillas de frente a Dios. Una que no se adquiere a punta de esfuerzo, si no de humildad. Porque nace no de nuestras obras, más como fruto de la inagotable misericordia de Dios.

Es por su gracia que finalmente entendí quién soy. En Él encontré mi propósito, mi llamado y mi lugar en el mundo. Hoy puedo verme al espejo y reconocerme plena, digna, valiosa y suficiente.

Nada de esto se aprende por el simple hecho de estar solteros, más sucede en medio de las pequeñas y grandes decisiones que vamos tomando en el camino.

Decisiones que, en mi caso personal, me impulsaron a no quedarme sentada llorando en una esquina, esperando que llegara un hombre a resolverme la vida. Aunque muchas veces he orado por el anhelo de encontrarme con un hombre con quien compartir la vida.

El problema real yace en que el mundo nos enseña a valorar las cosas más irrelevantes y promete, sin argumentos validos, que ahí encontremos plenitud.

¿Cuándo será que aprenderemos que los “números” en la vida de una persona no son un indicador que mide el riesgo de inversión?

Ni los años cumplidos, el peso en la escala, la cuenta bancaria, los años de soltería, ni el número de novios. Somos personas, no libros contables. Somos carácter, valores, y experiencias. Somos hijos e hijas de Dios. Es Él quien nos da valor y nos enseña cómo vivir.

Estar solo no es sinónimo de poca oferta. Vamos a ser bien honestos, conseguir pareja es muy sencillo. Encontrarse con una buena persona con quien hacer vida, esos son otros cien pesos.

Yo por mi parte, he tenido, como todos, buenas ofertas en tiempos incorrectos y ofertas pendejas que ni siquiera valían la pena ser evaluadas. He tenido relaciones en donde hice todo bien y aun así todo salió mal. Y otras en donde hice todo mal y empeoré las cosas. He tenido tiempos de soltería desesperantes y otros muy edificantes.

He querido comerme el mundo de un bocado y he anhelado con melancolía un masaje en la espalda, luego de un día cansado de trabajo. Porque soy una persona de carne y hueso y al igual que todos, tengo días buenos y malos.

Pero también tengo claro que, si mi meta hubiera sido estar casada, casada estaría, hace unos 10 años para ser exacta, pero habría sido con el hombre equivocado.

Lo que tengo, no es miedo a estar sola, o un estándar muy alto. Lo que tengo es justo lo que Dios me ha dado. Él me dio valor y sabiduría para escoger bien a quien dedicarle mi tiempo, y dominio propio para no conformarme con menos. Porque mi “soledad” no es más pesada que mi anhelo por honrar a Dios con mis decisiones.

Y sí, en el camino acumulé heridas que pude evitar, se me quebraron el alma y el corazón en mil pedazos. Aprendí mecanismos de defensa y maquiné estrategias para evitar que me volvieran a herir. Pero al final del camino, me di cuenta que “soltar era un requisito indispensable para sanar y avanzar”.

Así que finalmente, ¡solté!

Solté mi ansiedad, mis heridas y mis miedos. Solté mis expectativas de la gente y las expectativas de la gente sobre mí. Dejé ir mi pasado y conservé las lecciones. Abracé mi presente y acepté los riesgos. Me levanté, me reconstruí, y hoy soy una mejor persona gracias a cada aventura que he vivido de la mano de Dios.

Hoy sé, sin lugar a duda, que Él es mi compañero de batalla. Él es quien me ayuda a ser valiente para enfrentar mis debilidades y humilde para ser transformada.

Ha sido en medio de estos procesos que he conocido el amor de mi Padre de manera más profunda. Donde he aprendido a confiar en su bondad aun en los días en que no entiendo su voluntad.

Hoy, sin temor al qué dirán, elijo decir que no cuando algo no me da buena espina, y decir que  cuando reconozco algo de valor que me cautiva. Me dispongo a cuidar mi corazón con sabia cautela, más nunca con miedo.

Opto por conocer a un hombre como amigo, sin miedo al “friendzone“. Escojo poner límites claros, sin miedo al rechazo. Decido dejar el sexo para el matrimonio y abstenerme a recibir atenciones emocionales que no estoy dispuesta a corresponder. Me propongo a poner la integridad por encima de ingreso, y carácter por encima de apariencia.

Elijo vivir de manera honesta, genuina y atrevida, sin temor a que me hieran y sin ansiedad a que me deje el tren. Porque verdaderamente, esta vida no es más que un segundo, comparado a una eternidad con Cristo.

Tomo la decisión de caminar por fe y no por vista. Porque en el fondo, disfruto de la espontaneidad que nace de no saber a ciencia cierta lo que va a pasar. La vida misma me ha enseñado que quien camina con coraje, encuentra libertad.

Y esto, mis queridos amigos, ¡es vida plena para mí!

Nuestro tesoro más grande no es una boda con buena fiesta, es la boda entre Cristo y su iglesia. 



Entonces, si estás soltero, disfrutá, viví, perseguí tus sueños. Amá a Dios y dejarte amar por Él.

Como amigos, aportemos a la libertad de los solteros que nos rodean. Dejemos de pensar que son mercadería dañada, o que la están pasando mal. No asumamos que todas las personas solteras andan desesperadas por el mundo buscando quien les resuelva la vida, o que si están solas es porque sus estándares son muy altos.

Seamos agua fresca en la vida de aquellos que caminan “solos“, pero no en soledad. De aquellos que valientes esperan en Dios, mientras que con coraje se construyen la vida que soñaron. Porque la soltería es solo una forma de vida diferente.

Casados, solteros, viudos, divorciados, con o sin hijos, cada uno de nosotros tenemos cosas que ofrecer en la etapa que estamos viviendo. No hay más ni menos mérito en nuestro estado civil, lo que hay es más o menos mérito en nuestra forma de vivir.

Previamente publicado en el Blog Obras en Proceso

solteria, etapas de vida, friendzone, relaciones, identidad

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